Considerando la situación actual del país y en vísperas de una nueva manifestación convocada a través de redes sociales, es oportuno hablar sobre las revoluciones, sus implicaciones y el papel que la tecnología juega en el proceso.

Un revolución se caracteriza por ser un cambio repentino y radical, al contrario de una reforma, este movimiento es inmediato, de golpe, con algún malestar que lo desencadena. ¿Es esto lo que tenemos en contexto hoy en día? Definitivamente, el Caso de la SAT ha hecho evidente a través de las redes sociales y en las pláticas diarias, el descontento que todos tenemos hacia los procesos corruptos de nuestros gobernantes. Pero aún así, ese descontento que los ciudadanos sentimos no se ha logrado traducir en un proyecto, en una propuesta, en una acción. Esto debería conducirnos a pensar ¿Cómo lograr un cambio si no se ejecutan acciones?

Otro punto interesante de las revoluciones, es la planeación estratégica que el proyecto político tenga posterior  al estallido ¿Qué es lo que se busca? En el caso del fraude de aduanas, ¿Qué renuncien Otto Pérez y Roxanna Baldetti? o ¿Qué los culpables sean procesados por la Justicia?  En el caso de exigir una renuncia ¿A quién designa el sistema?¿Qué proponen los ciudadanos? Un movimiento nacional, que canalice la indignación que los ciudadanos sentimos cuando nos mienten en la cara, requiere de un plan que convierta esa convocatoria ciudadana en acciones puntuales que conduzcan a un cambio.

El papel de la tecnología es interesante en ese sentido, por que representa a través del Internet y redes sociales una herramienta muy útil de convocatoria y difusión. Sin embargo, las seguimos utilizando de manera superficial y sin explotar todo el potencial que presenta. Móises Naím en su libro El Fin del Poder, describe esta situación:

“Las nuevas tecnologías de la información son herramientas importantes, pero para que ejerzan algún efecto necesitan usuarios, y los usuarios necesitan dirección y motivación. Facebook y Twitter fueron fundamentales en la Primavera Árabe. Pero las circunstancias que llevaron a derrocar a los tiranos fueron locales y personales: el desempleo y las expectativas insatisfechas de una clase media en expansión y mejor preparada fueron decisivas.”

Ahora en nuestro caso, tenemos redes sociales como medio y  la indignación , pero faltaría construir una propuesta desde la sociedad civil que permita que esta efervescencia que está causando revuelo, se convierta en la apertura de canales de participación factibles y disponibles para los ciudadanos.

Es necesario que los gobernantes nos rindan cuentas de las acciones que realizan y cómo esto va en línea con lo que prometieron lograr en época electoral. Debemos entender que la información y canales adecuados de participación nos conducen a ser mejores ciudadanos y por ende propiciar buenas conductas en nuestros políticos.

 

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Imagen extraída de Pinterest

Aún así, aumentar la participación política es una cuestión más fácil de decir que hacer. Reuniones, desiciones, actividades en grupo, que muchas veces no son interesantes (o productivas) han causado que muchas veces esta práctica sea una cuestión de minorías. Las marchas que se están propiciando esté fin de semana, son un ejemplo del uso de tecnología para la convocatoria y organización y son una muestra de una participación donde toda la sociedad se compromete a una causa. Sin embargo, muchas veces este tipo de “revoluciones” se caracterizan por el activismo político momentáneo y esto es muy costoso y demasiado incierto.

 

Los retos más acuciantes del país, se deberían abordar desde perspectivas planificadas y no impredecibles, además de despertar y encauzar todo este descontento lantente en las sociedades para lograr los cambios necesarios. El camino es una democracia, con partidos políticos funcionales, más fuertes, modernos y funcionales logrados a través de una reforma paulatina y estratégica.

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