Han pasado más de treinta años y siete procesos electorales –desde que se inició la Era Democrática en Guatemala- y aún así pareciese que en lugar de avanzar en materia democrática, hemos estado retrocediendo.

Cada cuatro años, los guatemaltecos nos abalanzamos sobre las urnas electorales con la esperanza de que llegue un nuevo goberna

Foto: Archivo de Red Ciudadana

Foto: Archivo de Red Ciudadana

nte que por fin cambie el rumbo de lo que pareciese un camino al abismo.

Cada cuatro años también hemos estado más desilusionados por la oferta electoral, y lo que antes era “votar por el mejor candidato” se ha convertido por “votar por el menos peor”.

La pregunta es: ¿por qué? ¿Por qué después de tanto tiempo, nuestros procesos democráticos han ido de más a menos y no al revés?

Podemos empezar describiendo que esto es el resultado de un conflicto interno armado, que silenció a la ciudadanía y la aparto de algo que siempre tuve que haber sido de ella.

También podríamos continuar la conversación diciendo que las condiciones económicas y sociales nos inhiben de siquiera prestar atención a que nuestro gobernante viva como rey a costa de nosotros mismos.

Y así podríamos enumerar un montón de razones más por la cuales la ciudadanía se ha alejado de un proceso en dónde ella tendría que ser la mayor protagonista.

Pero en este espacio, quiero mencionar una que hoy resulta un poco más urgente que las demás, y me refiero a la necesidad de cambiar nuestro actual proceso electoral y de reformar la Ley Electoral y de Partidos Políticos.

Estamos ante un escenario en dónde por fin captamos la atención de la ciudadanía, y en los últimos dos meses, salir a manifestar se ha convertido en nuestra rutina. Estamos por fin claros que el proceso nos pertenece, y que los candidatos no tienen que ser quienes se beneficien de las elecciones, sino somos nosotros mismos quienes deberíamos salir triunfadores.

Pero hemos encontrado un “tope”, un callejón sin salida. Queremos y exigimos elecciones más transparentes, candidatos más afines, y menos corrupción, pero no tenemos herramientas para hacerlo.

Tenemos una ley que permite a cualquier partido político postular candidatos en regiones en donde ni siquiera tienen presencia. Esto quiere decir que a mi me toca votar por un diputado o alcalde que ni siquiera vive en mi distrito, y ni tiene noción de cuales son las principales necesidades e intereses de nuestra comunidad.

Tenemos una ley que no exige ni obliga a cada candidato a presentar los gastos de campaña ni quien los financia.

Tenemos un Tribunal Supremo Electoral (TSE) que cuenta con no más de diez auditores para fiscalizar que veinticinco partidos y más de dos mil candidatos estén cumpliendo con la ley. Parecerá que estoy exagerando, -y quienes me conocieran dirían lo mismo- pero no, esto es lo que hay, y esto es lo único que tenemos.

Foto: Archivo Red Ciudadana

Foto: Archivo Red Ciudadana

Ante ese escenario, es que la necesidad de cambios en el proceso electoral se hace mayor. Y aunque esta claro que reformar la ley no es en sí una solución, es el primer paso que necesitamos para verdaderamente retomar la dirección de nuestras elecciones.

No dejemos que esta oportunidad se nos pase, y dejemos de lado nuestras diferencias para unificarnos en un mismo objetivo: elecciones para ciudadanos y no para políticos.

Hagamos de #ReformasYa una realidad.

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